Hablo de la gente común, más o menos
iniciada, mínimamente informada de los aconteceres políticos, económicos y
mediáticos, que por otro lado, se han convertido en la nueva y poderosa
trinidad laica que tanto decide y cuenta u oculta en función de determinados,
opacos y dudosos intereses particulares aunque en muchas ocasiones se trate de
disfrazarlos de intereses generales.
En la era de la aldea global, de la
posibilidad tecnológica de acceso en tiempo real a cualquier información,
existen sin embargo, cada vez más grandes áreas de la información vedadas de
acceso para el común de los mortales y amplios ámbitos en los que la mayor
parte de la información que llega a los ciudadanos es información manipulada,
sesgada, cuando no directamente falsa. Orwell sigue siendo referencia años
después de su muerte, cuando ha quedado ya muy atrás el 1984 de su novela que
conviene leer y, cada cierto tiempo, releer.
Ya lo he reflejado alguna vez más en este
espejo, como en Orwell, también aquí parecemos regidos por un Ministerio de la
Verdad que sirve para lo contrario y vamos construyendo una “neolengua”, la del
lenguaje políticamente correcto, que simula enfrentamiento dialéctico entre los
que defienden unas y otras posturas ideológicas (en el más amplio sentido del
concepto ideológico, no sólo el político), y en el que sin embargo, apenas se
cambia el adjetivo, no el sustantivo que es cada vez más común para todos. El
que se mueve no sale en la foto, dijo Alfonso Guerra, el que se sale de las
pautas del discurso institucionalizado por la connivencia de los poderes
económico, político y periodístico, se queda fuera de juego.
En millones de euros, 23.000 equivale a
casi cuatro billones de pesetas. Esa es la cantidad a detraer de los recursos
de todos sólo para que la última entidad financiera “tocada” no termine en
hundida. Y uno se pregunta -más cualificado que yo, también lo hace el
economista Nouriel Roubini, el más certero anunciador de la crisis que nos
llegaba-, para qué inyectar tanto dinero en las cajas y por qué no dejar caer a
aquellas que tengan que caer y que sea el mercado el que ajuste las cuentas.
Las económicas y las de las responsabilidades, que aquí nadie parece darse por
aludido.
Y es que,
si todo lo que se nos ha venido diciendo por unos y otros sobre nuestro sistema
financiero era mentira, nada induce de momento a pensar que lo que ahora nos
dicen sea verdad. De momento están tranquilos, sólo unos cuantos locos gritan
que vestidos con mentiras vamos desnudos.
