miércoles, 31 de marzo de 2010

Caudillos

No me gusta Silvio Berlusconi. Ni empresario, ni político, aunque en ambas facetas tenga éxito. Tampoco les gusta a la mayoría de los europeos, excepción hecha de los italianos, por cierto, los únicos a los que tiene que gustarles. La gente en España, o mejor dicho, los medios de comunicación y los políticos, se asombran del éxito electoral reiterado del líder europeo más vituperado fuera de sus fronteras nacionales.

Acaban de celebrarse elecciones regionales en Italia. Se dilucidaba el gobierno de trece de ellas. La izquierda gobernaba once. Berlusconi y asociados sólo dos. Los primeros quedan ahora con siete y el Cavaliere con seis. Un buen vuelco. Va a resultar que cuando la crisis golpea a todos los gobernantes, sean del signo que sean, en la intención de voto de sus ciudadanos, sólo él sigue obteniendo ventaja.

Sarkozy, haciendo políticas de izquierda desde la derecha (aunque en Francia la derecha siempre ha sido bastante socialdemócrata) acaba de recibir un fuerte varapalo en las urnas. Gordon Brown en el Reino Unido, desde la izquierda pero tratando de implantar políticas económicas de corte liberal aparece seriamente amenazado por el Conservador Cameron. Merkel, que completa la tríada de líderes europeos de referencia, también pierde enteros en la valoración de la opinión pública germana.

Sólo Berlusconi sigue rampante. Con polémicas o sin ellas, sigue fiel a sí mismo y a su modo de hacer las cosas. No le importa lo más mínimo ser antipático a los contrarios en el desarrollo de su ideario. Él es un condotiero que se eleva por encima de la sociedad a la que dirige. No es un político al uso, ni su partido, El Pueblo de la Libertad, un partido al uso. Pero quizás sea que los italianos estaban demasiado escaldados de políticos y partidos al uso.

Italia vivió la segunda mitad del siglo XX con una media de un gobierno distinto cada menos de dos años. Con un círculo vicioso de líderes corruptos de la Democracia Cristiana, el Partido Socialista y el Comunista que iban rotando en el poder y el nepotismo institucionalizado. Y la bola fue creciendo y creciendo, hasta que arriesgándose a todo, los jueces de la operación “manos limpias” hicieron saltar por los aires el esquema que se había adueñado de la República.

De ese caldo surgió el Berlusconi líder de masas. Casi como un Duce, de figura inquietante. Franceses, ingleses y alemanes son de sangre muy distinta de la de los italianos. Los españoles no. Los partidos en España deberían tomar nota y en lugar de favorecer con su estructura piramidal y estrictamente jerarquizada, el poder absoluto de líderes y lidercillos nacionales, regionales y provinciales, abrir puertas a la democracia y el control por los afiliados. Acabar con el derecho de pernada limitaría mucho los episodios de corrupción personal e institucional.

Claro que es difícil para los aparatos instaurados. Pero si no lo hacen, en un país caudillista como el nuestro, puede que un día, en el pecado llevemos todos, la penitencia.